domingo, septiembre 16, 2012

La promesa del caos

La revista Timonel, en su número 6, de agosto de 2012, publica el texto crítico "La promesa del caos", de Francisco Meza Sánchez, sobre mi novela Cartas ajenas.


La promesa del caos

Francisco Meza Sánchez

Geney Beltrán Félix es uno de los escritores jóvenes con mayor peso en la narrativa y la crítica literaria mexicana actual. Su mirada penetrante ante la literatura y la relación que ésta sostiene con la realidad lo han llevado convertirse en un crítico audaz y certero. El constante ejercicio de una inteligencia sensible y sin concesiones puede verificarse en su libro de ensayos El sueño no es un refugio sino una arma (2009), en el que se compendian años de lectura y de reflexión sobre la cultura impresa. A su vez, en su libro de relatos Habla de lo que sabes (2009), el autor muestra con una prosa ácida su talento como hacedor de historias. Ahora, con Cartas ajenas, entrega una novela que apuntala esa mirada cruda con la que acostumbra trabajar su obra y la realidad. Marioralio, el personaje principal,  es un individuo absolutamente gris, arrinconado en el mundo de la lentitud; se convierte en un secuestrador de epístolas, acto que será el inicio de una épica que lo hará transitar por la vida con una velocidad antes insospechada. Este personaje transformará no sólo su existencia, sino también la de quienes lo rodean. Las cartas, que en esta novela son los detonadores de la evolución compleja del personaje (Marioralio antes de ser un violador de correspondencias era un hombre enfermo de vacío, un ser que no podía sentir), son un elemento que Beltrán ya había trabajado con estremecedores resultados en “El cuerpo de Sicrano” texto con el que cierra su ya mencionado libro de cuentos.  En una entrevista donde se le cuestionó al autor el por qué tomar como eje narrativo un oficio que venía en desuso como la correspondencia postal y no el mundo de la red, del ciberespacio; respondió: “Ser deliberadamente pasatista provoca un extrañamiento en el lector: permite relatar el presente como si estuviera compuesto por hechos pretéritos y, al mismo tiempo, sugiere el desafío de que el pasado sigue vivo en eso que creemos lo más real”. Peculiarmente, Beata María que es el personaje femenino de mayor relevancia es una vidente, es decir, ciertos actos del futuro son trabajados dentro de la novela como hechos del pasado.  Marioralio obtendrá, a razón de vivir la existencia de los otros, la capacidad de conocer el futuro. En ese sentido, es verdaderamente interesante la manera en que Geney Beltrán va construyendo su arquetipo de héroe, un ser que es capaz de amputarse la mano derecha por sus ideales y que esa misma amputación, lo distinga de los demás hombres, digamos una suerte de Jacob después de su lucha contra el ángel. Es importante mencionar que al igual que el Caballero de la Mancha y Madame Bovary, Marioralio transforma y trastorna su mundo interior y exterior a partir de la lectura, en su caso, no es a través de novelas de caballería o amor, sino de cartas. En fin, la aventura del caudillo tiene su origen en las palabras que cuentan la historia de los otros.
  En esta obra es destacable la cantidad de relatos que se sobreponen al  momento en que Marioralio abandona su estado pasivo de voyerista y decide involucrarse en la vida de los verdaderos dueños de las cartas. Así, la gran aventura comienza por pequeñas cosas, en este caso concreto, abrir un sobre.  Por ejemplo, nuestro héroe, frase que se repite constantemente en la novela y que está construida con los ecos de la novelística del siglo XIX, inicia su aventura epistolar con una carta dirigida a Helena. Posteriormente llega hasta la dirección de esa mujer desconocida para descubrir que ha fallecido y que su amante sigue visitando su departamento. Entonces Marioralio decide tomar, en este caso no la vida sino la muerte de la mujer, y escribirle una carta a Omar (su amante) en nombre de ella. Finalmente, los resultados de tal profanación, cavar en el nombre de los muertos es como cavar en sus tumbas, tendrán consecuencias fatales en el amante.  Este relato que se encuentra dentro de otro relato, es decir, composición en abismo,  plantea subyacentemente que las criaturas de la imaginación son municiones que impactan lo real y lo pueden precipitar. Quizá, dicho planteamiento es la dirección de sentido con mayor peso en Cartas ajenas.
En uno de los últimos capítulos “El desencanto furioso”, Marioralio imagina: ”La Ciudad y su gente, toda ella atrapada en la guerra civil incruenta, inmersa en su existencia de capitulación y mezquindad, viejos y niños, hombres y mujeres que ya nada esperan, ya no vuelven la mirada hacia ningún lado que no sea el instante inmediato, ése que les exige ser esclavos obedientes de su hambre, su avaricia, su lujuria, que los lleva a esconderse a sí mismos la realidad de su penuria propia, su corrupción íntima, todos ellos sin futuro, sin dioses dentro de sí”. Este fragmento es una posición crítica ante la decadencia y agotamiento de las ideologías y las religiones en nuestra época; una radiografía frenética sobre una sociedad absolutamente depredadora e impúdica. En voz del personaje, el desencanto se nos presenta como la epidemia del siglo XXI, y donde la liturgia de la moral es el acto cotidiano de lavarnos las manos frente al mar de cadáveres y la veloz globalización de la injusticia. Así, Geney, con su personaje principal, pone el dedo en la llaga una época regida por el ponciopilatismo y el vasallaje.
Por otro lado, George Steiner señala  que la muerte de los dioses deja un inmenso vacío en los hombres, una nostalgia de absoluto.  En Cartas ajenas, la fabulación del porvenir es una necesidad, precisamente una forma de llenar los páramos después de los derrumbamientos de la fe. 
Estilísticamente, la prosa de Geney, como él mismo lo ha declarado, tiene muchas influencias que van desde Flaubert, Macedonio Fernández y Daniel Sada, por mencionar a algunos. Es destacable ver cómo nuestro autor trabaja la oralidad; incluso, quizá de esa palabra provenga el nombre de su personaje principal; su prosa se mueve entre los registros de un profundo monólogo interno, diálogos veloces y las reconstrucciones del habla cotidiana, es decir, Marioralio puede abandonar una reflexión  honda sobre la náusea de la existencia para mentarle la madre a Poza. Como lo advierten varios de sus críticos, la sintaxis de esta novela es compleja, incluso podríamos denominarle extraña, y le exige a su lector un grado de disciplina y concentración; sin embargo, el libro ofrecerá sus recompensas.  Se intuye que la búsqueda del extrañamiento en el discurso, como la adverbialización de adjetivos (por cierto uso común en el habla de la gente del campo y la sierra: siempremente) es reflejo de una búsqueda paralela en la historia. Es decir, que el lector por una turbación al lenguaje convencional se intrigue, se desconcierte y se detenga con mayor atención en lo que se está contando.
Geney arroja esta novela como un cartapacio; en él, lo lectores encontrarán un personaje cuyo conjunto de características y transformaciones durante su travesía lo destacan y lo hacen memorable. Un personaje catalizador de la violencia contenida de los avasallados. A la vez, la orfandad, las bajas pasiones, los crímenes de estirpe, y  otros tantos temas, estarán manteniendo la tensión dramática entre una revolución que no termina de explotar y la promesa, casi segura, del caos.